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viernes, 15 de abril de 2011

EXPECTACIÓN EN LA JUDERÍA CON LA HDAD. UNIVERSITARIA.

La cofradía Universitaria procesionó por primera vez con la impactante imagen de su titular e hizo estación de penitencia en la parroquia del Sagrario de la Catedral.

La verdad es que el Cristo de la Universidad sigue levantando expectación: Cientos de personas colapsaron anoche las calles de La Judería para contemplar de cerca el crucificado que, basado en la Sábana Santa de Turín, terminó el pasado año el profesor Juan Manuel Miñarro.

Poco más de la diez de la noche, las puertas de la iglesia de San Pedro de Alcántara volvían a abrirse para dar paso a la comitiva procesional. A lo lejos se vislumbraba la cruz de guía, iluminada por la tenue luz de los ciriales, ante esta visión el muñidor hacia sonar la campana que incitaba al silencio a los cientos de personas que abarrotaban la plaza del Cardenal Salazar.

Y tras un breve sector de nazarenos, empezaba a enmarcarse en la puerta el paso que portaba al Cristo de Miñarro, la expectación crecía por momentos, la gente una a otra se mandaba a callar, y finalmente fue ascendiendo la imagen hasta coger toda su altura. Cientos de flases iluminaban la plaza, inmortalizando el histórico momento.

El Cristo, ya totalmente visible, procesionó sobre un austero paso en caoba escoltado por cuatro hachones y con el único exorno floral de un pequeño friso de estatice morado.

Tras apenas dos decenas de nazarenos, apareció Ella, la sublime Virgen de la Presentación, que ajena a todo miraba resignada la profética espada que portaba en su delicada mano.

La dolorosa de San Pedro de Alcántara volvió a caminar sobre su austero paso iluminado por fanales. Como exorno, un delicado friso de iris morado.

Poco a poco, y a un paso muy lento, la comitiva se fue abriendo camino por una Judería abarrotada de público, que hacía casi impracticable poder seguir a la cofradía. Así hasta llegar al Campo Santo de los Mártires donde la aglomeración se fue dispersando.

Al llegar al seminario, el silencio quedó roto por la voz de los seminaristas que cantaron a los titulares de la cofradía. Tras esta parada, el cortejo se encaminó hacia la parroquia del Sagrario de la Santa Iglesia Catedral, donde por primera vez la corporación se postró ante Jesús Sacramentado.

Un día histórico para la cofradía Universitaria, un día que sirvió a cofrades y curiosos, de ensayo general para los días grandes.

Francisco Mellado.
Fuente: Diario Córdoba. (ENLACE).



ACTUALIZACIÓN. (15/04/2011. - 12:56 h.): A continuación les mostramos la crónica sobre la estación de penitencia de la hermandad Universitaria, perteneciente a la edición digital de El Día de Córdoba. (ENLACE):

LAS HUELLAS DE LA SÁBANA SANTA POR LA CATEDRAL.

La talla sindónica preside por primera vez el cortejo procesional del Jueves de Pasión.

El luto, el rigor procesional y el silencio se apropiaron en la noche de ayer de cada rincón de la Judería a medida que el Cristo de la Universidad, la talla que esculpió el imaginero sevillano Juan Manuel Miñarro valiéndose de estudios sobre la Sábana Santa de Turín, avanzaba hacia la Catedral. Era la primera vez que el crucificado sindónico presidía el cortejo de la hermandad estudiantil y éste fue el mejor motivo para que varios centenares de personas no quisieran perderse este histórico momento de la salida de la iglesia de San Pedro de Alcántara, sede canónica de la cofradía. Precedido de una todavía corta fila de nazarenos encapuchados, el Cristo de la Universidad cruzó la puerta del templo y fue entonces cuando decenas de flashes comenzaron a disparar.

La plaza del Cardenal Salazar y los aledaños de este destacado espacio del Casco Histórico estaban abarrotadas. El ruido anterior dio paso al murmullo y éste se tornó en rotundo silencio en el preciso instante en el que la hermandad se echó a la calle. A quienes no la habían visto nunca les sorprendió prácticamente todo, desde su hábito, con capucha en lugar de cubrerrostro, hasta los sencillos pasos tanto del crucificado como de la Virgen de la Presentación, cotitular de la cofradía. Pero el mayor impacto lo causó el Cristo, "único en el mundo" según matizó su autor el pasado año cuando lo dio a conocer. Los regueros de sangre, cada arañazo, la marca de los azotes recibidos y las heridas de la corona de espinas son sólo algunos de los detalles que están inspirados en las huellas dejadas sobre la Síndone. Todo ello ganó además en misticismo en mitad de una silenciosa noche cerrada en la que sólo se escuchaba el sigiloso ruido del roce del hábito al caminar y los pasos de los penitentes.

Muy especial -e histórico- fue también el momento en el que la Universitaria llegó a la Catedral. Fue en torno a la medianoche. Al primer templo de la Diócesis acudió también un público muy numeroso, compuesto tanto por cofrades como por turistas. En las poco más de tres horas que la hermandad anduvo por el Casco Histórico ofreció pinceladas únicas que la hacen digna merecedora de ser una más de las cofradías que llegan a la carrera oficial y tienen un sitio en la Semana Santa. Sólo le faltan, como así lo expresan sus dirigentes, más nazarenos para nutrir un cortejo que cuenta con dos pasos procesionales y carece de acompañamiento musical.



ACTUALIZACIÓN. (15/04/2011. - 12:56 h.): A continuación les mostramos la crónica sobre la estación de penitencia de la hermandad Universitaria, perteneciente a la edición digital de El ABC de Córdoba. (ENLACE):

MUERTE QUE MUEVE CONCIENCIAS.

El Cristo de la Universidad sobrecoge en su primera, y muy austera, estación de penitencia. La imagen mostró las heridas plasmadas en la Sábana Santa sobre un calvario de roca y con un mínimo friso de flores moradas.

No hacía a sus pies ningún alarde barroco la madera, ni la plata posaba sus caprichos ni concedía alivios el terciopelo. Apenas un calvario áspero y desabrido, como las piedras en las que tuvo que desollarse las rodillas, del que brotaba la cruz, tal si fuese uno con la tierra a la que bajó para morir de esa manera.

Los más afortunados lo pudieron ver avanzar hacia la puerta, con la caricia de los cirios en la piel, aunque el común de almas que lo esperaba en la plaza del Cardenal Salazar lo vio por vez primera en la calle hundido hasta el sudario para salvar la puerta. Al poco sonó la campana del muñidor, la cruz campeaba otra vez y en ella aparecía muerto el Cristo de la Universidad, por primera vez tomando el aire, cálido en exceso, de la primavera de Córdoba.

La noche y la penumbra de la Judería sirvieron para dulcificarle el cuerpo maltratado por las heridas y la tortura, para sugerirle las huellas de la flagelación, aunque pocos de los presentes pudieron pensar que aquel no era el cuerpo de alguien maltratado con dureza inclemente.

El Cristo de la Universidad era en la calle sobre todo el retrato de un hombre muerto, y ante la muerte, aunque tenga la majestad de lo divino, no cabe el adorno. No era un símbolo, como la Virgen de la Presentación cuenta con el acero toledano el dolor de la profecía de Simeón, sino una fotografía positivada de la Sábana Santa, un retrato del natural que no necesita más que unos ojos que quieran mirar para entenderlo. No la teología, aunque la haya, sino la ciencia: la sangre reseca, los clavos, la corona de espinas, las heridas por las que se llega a la muerte como los ríos al mar. Y una muerte así tiene que sobrecoger y mover conciencias.

Inspiración renacentista.
Alumbraban su paso cuatro altos hachones de cera tiniebla sobre blandones con un suave dibujo renacentista inspirados en la arquitectura de Hernán Ruiz II. El leve paso de madera oscura, de apenas un cuerpo, tenía una greca que bebía igual de la misma fuente y sobre él, un pequeño, mínimo, friso de iris y statice morados. Antecedía al Señor una pareja de acólitos cerifarios con ciriales de madera. Ni una concesión allí donde la crudeza de la muerte la hacía imposible.

Había en el cielo un botón imperfecto que todavía era una promesa más que una luna de Semana Santa y quedó parado el Cristo en mitad de la plaza mientras la Virgen de la Presentación pasaba la puerta. Hubo un momento que caminaron al mismo tiempo por obra y gracia de su pequeño cortejo de penitentes con capuchas, mientras los asistentes pensaban si no se movían con un mismo impulso creador. Una multitud los esperó en su camino por la Judería hasta su estación en el sagrario de la Catedral.

Por su camino, mientras el Cristo de la Universidad iba llegando, se imponía el silencio, porque apenas viéndolo una vez en las calles se comprende que no soporta más que un padrenuestro susurrado, que es inútil adornarlo con ofrendas de cualquier clase porque no se le puede retirar la mirada. Su autor, Juan Manuel Miñarro siguió, discreto, por varios lugares, al Cristo en que volcó tantos años de estudios de la Sábana Santa.

Enlutada y ausente, la Virgen de la Presentación añadía al cortejo la suavidad del signo, el dolor que se presiente más que se ve. No llevaba escolta de portadores de trípodes con tertulia en medio del cortejo, y su caminar elegante, espiritual y silencioso servía para comprender que tras tanto tiempo ha terminado la espera.

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